viernes, 15 de enero de 2010

Duele.

María estaba sentada en la mesa de su escritorio, mirando al ordenador. Desde aquel día no había vuelto a salir de su habitación, sólo de vez en cuando, cuando tenía ganas de comer y no estaba su madre para llevarle la comida como si fuera una puta criada.
Eran las seis de la madrugada y no había dormido nada, apenas diez minutos. Tenía ojeras en la cara y, por mucho que dijera que no, su cara delataba que estaba destrozada. Había perdido la esperanza de todo y no tenía ganas de absolutamente nada.
Llamaron a la puerta y apareció su madre.
- ¿Qué coño quieres puta pesada? -preguntó con despreció María.
- Cariño, te vendría bien salir de aquí y que te relacionaras un poco -le dijo su madre conservando todavía una pequeña dulzura en su voz.
- A ver tronca, que estoy perfectamente, solamente que no tengo ganas de salir.
- Si quieres te doy dinero y te compras cualquier cosa en algún centro comercial -le dijo otra vez con dulzura.
- Qué pasa, ¿que no te han enseñado a meterte en tus propios asuntos? ¿O es que tus padres no sabieron educarte bien y sigues siendo una puta niña mal criada?
- Soy tu madre, y por muy mal que me trates, te sigo queriendo como siempre te he querido. Y no sé si eso es de una puta niña mal criada -le dijo su madre, esta vez algo seria.
María cambió la cara, esta vez se ablandó.
-Cierra la puertra, porfavor.
Se tumbó en la cama y empezaron a caerle lágrimas por su mejilla, por primera vez en mucho tiempo.

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